martes, 28 de mayo de 2013

Viejo conocido.

Sentado en un banco, miro el parque. Es temprano por la mañana, y los columpios están cubiertos de gotas de rocío. Va a hacer un día soleado.

Dos niños llegan corriendo y se ponen a columpiarse; no parece importarles el agua. Se divierten, riendo y compitiendo por ver quién llega más alto.

Una niña llega con su madre, y su hermano, que va en un carrito, durmiendo. La niña se pone a jugar con la arena, haciendo dibujos en ella. Uno de los niños del columpio se baja y se une a ella. Los dos sonríen y se divierten.

El otro niño parece celoso, y se baja del columpio con cara de enfado. Coge un puñado de arena y se lo tira a la niña. La niña sale corriendo con su madre, llorando. El otro niño le pregunta "¿Por qué has hecho eso?". Se enfadan entre ellos, y el que tiró el puñado de arena se sienta lejos, con los brazos cruzados y cara de incomprendido.

No puedo evitar sonreír. Qué bonita es la infancia. El niño, aún sin corromper por los absurdos valores de la sociedad en la que crecerá, vive la vida sin pensar las cosas demasiado.

Mientras pensaba en ello, la niebla apareció. Ya no veo los columpios, ni oigo a la niña llorar. Ahora todo está en calma.

Sigo sentado en mi banco, y al cabo de un rato la niebla se disipa. El día se ha estropeado: aunque ya no haya niebla, las nubes grises cubren el cielo. Los columpios están vacíos y oxidados. Se mecen con el viento y chirrían. Los árboles del parque han perdido todo el follaje. Ya no hay niños, ni madres.

Me pongo de pie y me acerco a donde antes estaba la niña. Los dibujos siguen en el suelo, pero están tan borrosos que a penas se distinguen. Me dirijo ahora a el lugar en el que se sentó antes el niño de brazos cruzados. Me siento como se sentó él, mirando hacia el banco. Al mirar mi banco me asusto. Hay un viejo sentado en él. El día sigue nublado y sopla un viento frío. ¿Cuándo se ha sentado ahí el viejo? Yo estaba sólo en el banco y no le vi venir. Qué raro. Se lo preguntaría, pero está lejos.

El viejo me mira fijamente y sonríe. Su cara me suena de algo, como de un viejo conocido.

Empieza a llover y me vuelvo a poner de pie, dispuesto a marcharme. Antes voy a preguntarle al viejo si nos conocemos, me suena muchísimo. Camino hacia él, despacio.

Me sigue mirando fijamente, sin dejar de sonreír. Parece que cada vez sonríe más, como si estuviera deseando que me acercara a preguntarle si me conoce.

Al estar a unos metros de él me paro. No puedo andar más, algo me lo impide. Miedo, creo. Me quedo ahí de pie, bajo la lluvia, mojándome. No le pregunto nada, porque sé que él me va a hablar a mí.

Por fin, el viejo empieza a hablar. No deja de sonreír, parece disfrutar de la situación.

Me explica de qué nos conocemos. Sus palabras no son muchas, pero sí son muy pesadas. Me golpean. Es demasiado, no puede ser. Retrocedo asustado. Le doy la espalda y corro bajo la lluvia, lejos de él. Antes de perderle de vista giro la cabeza para mirarle por última vez: aún me mira sonriente.

Sus palabras retumban en mi cabeza: "Hace muchos años vi cómo arrojabas un puñado de arena a una niña en este mismo parque, y vi cómo te alejabas de tu amigo, enfadado, y te sentabas en el mismo lugar en el que estabas sentado hace unos momentos."

lunes, 20 de mayo de 2013

Mereció la pena.

La noche anterior al examen conseguí ponerme a trabajar, y hoy pude ver el resultado. Conseguí aprobar, con un 6 además.

Ahora a descansar y a vivir. La niebla está ahí esperándonos.

jueves, 9 de mayo de 2013

Al borde del abismo.

En mi cabeza, se arremolinan los pensamientos en forma de densa niebla. Esta sensación de remordimiento, frustración, impotencia... es bastante habitual en mí. Pero nunca me había hecho tanto daño como esta vez.

Nunca he sabido afrontar las dificultades. Siempre encuentro excusas para eludir cualquier tipo de responsabilidad. Con ello, me he acostumbrado a no realizar tampoco ningún tipo de esfuerzo, ninguno que no me apetezca realizar.

Ahora mismo, me encuentro en una de esas situaciones en las que mi mente me pide que me deje llevar y que me evada de las responsabilidades. Llevo toda la tarde evitando la hora de ponerme a estudiar. ¿Por qué me pasan estas cosas?

Si no apruebo mañana, tendré que ir a septiembre. Pero eso no es lo que más me preocupa. Lo que más me preocupa es lo que descubro de mí mismo cada vez que me encuentro en este tipo de situaciones. Mi falta de entusiasmo y de fuerza de voluntad llega a ser egoísta. Egoísta, porque no es justo para la gente que me apoya.

Mi madre, ayudándome a estudiar, empeñada en que sea optimista. Mi padre, llamando todos los días para darme ánimos, enviándome resúmenes, esquemas... Mi abuela, rezando por mí. Mi novia, dándome todo su apoyo, como siempre. Mis amigos, a los que debo tantas cosas, deseandome suerte y confiando plenamente en mí.

Y yo aquí tirado en la cama, pensando... ¿Tan egoísta soy, que voy a darles la espalda a todos ellos y a todo el apoyo que me han dado por dejarme llevar, por no asumir las responsabilidades, por no hacer esfuerzos? ¿De verdad soy tan vago? ¿De verdad tengo tan poca fuerza de voluntad?

Me siento fatal, y aun así no hago nada. Me he ido sintiendo peor conforme avanzaba la tarde. Pero no hacía nada para cambiarlo. En lugar de eso me ponía a hacer otras cosas "importantísimas", convenciéndome a mí mismo de que tenía que hacerlas ya mismo. Sólo para evitar el momento de ponerme a estudiar.

De pie, doy un paso y me acerco al borde del precipicio. Un oscuro abismo delante. Cierro los ojos, a punto de dejarme caer. Pero entonces recuerdo una frase que leí hace unos meses... "Pienso mil veces al día que mi vida externa e interna se basa en el trabajo de otros hombres, vivos o muertos. Siento que debo esforzarme por dar en la misma medida en que he recibido y sigo recibiendo."

Esa frase, la dijo uno de los hombres a los que más admiro, Albert Einstein. Con su trabajo, ha logrado dar en la misma medida en la que recibió, como él mismo dijo. Yo he recibido mucho, de él y de otros tantos a los que también admiro muchísimo (e incluso envidio): Fermat, Mozart, Gauss, Euler, Bach, Tchaikovsky, Newton, Platón, Tesla...

Recibo tanto de todos ellos, a los que ni conozco... y no estoy dispuesto ni a dar una noche de esfuerzo por gente a la que conozco y aprecio.

No sé si me servirá para aprobar o no, pero eso ahora mismo me da igual. La cuesión es que no quiero dejar de intentarlo, como pensaba hacer. Por lo menos quiero tener la sensación de haberme esforzado, de haber hecho el intento. Es lo mínimo que puedo hacer.

Abro los ojos y retrocedo un paso, alejándome del precipicio. Me habría gustado tirarme, pero la frase de Einstein me lo ha impedido, ya no puedo tirarme. Corro, alejándome del precipicio. No sé a dónde llegaré, pero sé que esta vez no me voy a tirar.

lunes, 29 de abril de 2013

Caer.

De pie en la cima puntiaguda de una montaña, observo a mi alrededor. Hasta donde alcanza mi vista, no veo más que nubes. Un mar blanco de esponjosas nubes. Sólo la cima de la montaña sobresale en ese mar blanco.

Una ligera brisa sopla y me acaricia el rostro. Es bastante cálida, agradable. En el horizonte, el sol se pone sobre el mar de nubes, dándoles un color anaranjado a ellas y al cielo. Veo como baja, hasta que desaparece, totalmente sumergido en el mar blanco.

El cielo se vuelve violeta, y se va oscureciendo. La brisa que acaricia mi cara empieza a volverse más y más fría. Pero sigo contemplando el horizonte, mirando hacia el lugar en el que se ha puesto el sol. Al cabo de un rato, la luna sale por ese mismo lugar. Aparto rápidamente la vista, pero me alegro de que haya salido por fin. Su resplandor hace que el mar de nubes se vuelva de un color azulado.

El cielo, completamente negro ya, se ilumina con muchísimas estrellas. Contemplándolo, me siento pequeño. Miro a la luna de reojo, me sonríe. Parece que me habla. No, no puede ser ella... Es como... Es como música. El silencio es absoluto, pero oigo música. La música del silencio. Viene de todas partes, y de ninguna. Es la música más bonita que he oído nunca.

La música no tiene notas, ni ritmo. Pero me cuenta cosas. No con palabras, sino con emociones. Me hace sentir. Siento todo lo que he sentido por la gente a mi alrededor, siento todo lo que han sentido ellos por mí. Siento todo lo que sienten todas las personas del mundo a la vez. No es un sentimiento concreto, son muchos mezclados. Rabia, amor, amistad, trizteza, odio, compasión...

Me encanta la sensación. Abro los brazos, cierro los ojos y respiro profundamente, agudizando el oído para oír bien la música del silencio. Cuanto más me concentro en el silencio, más la oigo. Con los brazos aún abiertos, y maravillado por ese sonido mudo, me dejo llevar. Me dejo caer hacia atrás, desde el pico de la montaña, al mar de nubes.

lunes, 22 de abril de 2013

La muerte.

Estoy en un sitio desconocido, solo. Miro a mi al rededor, es de noche y la luna hace que todo brille de un azul tenue. Se refleja en un lago. Estoy sentado en el borde del lago, mirando el reflejo de la luna sobre la superficie del agua.

A mi espalda, alguien se ríe. Una risa aguda y siniestra. Me recorre un escalofrío. Me giro para ver quién es, pero no veo a nadie.

Vuelvo a mirar al lago. El cielo ha empezado a nublarse, y las nubes están muy bajas. Empieza a haber niebla.

Pasa un rato y la niebla se cierra del todo. Sigo mirando al lago, aunque a penas puedo ver. Una sombra se acerca sobre el agua...

Parece una barca con una persona de pie en ella. Se acerca algo más, hay tanto silencio que casi puedo oir la barca deslizándose por el agua.

Parece que lleva una túnica con capucha. Lleva algo en la mano. Una guadaña. Se sigue acercando y ahora ya puedo verla con bastante claridad. Pero la capucha oculta su cara.

Trato de verle la cara pero sólo veo oscuridad bajo la capucha. Me infunde mucho respeto la presencia de esta persona, algo de miedo incluso. Parece que me mira fijamente, a pesar de no poder verle la cara.

La barca da media vuelta lentamente y empieza a alejarse. Veo como se adentra en la niebla a medida que se va alejando.

En el momento en el que dejo de ver la barca por completo, justo cuando se la traga la niebla, siento un escalofrío. Otra vez esa risa aguda y siniestra, rompiendo el silencio. Y después, nada.

sábado, 13 de abril de 2013

El claro.

Ando por el bosque, es de noche. Sigo el camino que tantas veces he recorrido, y llego al claro en el que tantas veces he estado.

Me siento a descansar en una piedra y contemplo el cielo estrellado por el hueco del claro.

Cierro los ojos un momento, estoy agotado.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, no veo nada más que niebla. ¿De dónde ha salido de repente?

La niebla se deshace poco a poco. Espero a que se vaya del todo y miro a mi alrededor.

Sigo sentado en la misma piedra, no he dejado de notarla debajo de mí y tiene la misma forma. Pero todo lo demás ha cambiado. Ya no estoy en un claro, ni estoy en el bosque que yo conocía.

Algo preocupado, intento buscar algún sitio que me resulte familiar. Consciente de que es una mala idea, me levanto y corro en busca de sitios conocidos.

Pasan los minutos y sigo correindo entre árboles que nunca había visto, a oscuras casi. Pero entonces veo una lejana y tenue luz. Es azulada, algo fantasmagórica. Me acerco a ella corriendo. ¡Es un claro!

Pero no es el claro que yo conocía. No reconozco los árboles, ni la forma del hueco en lo alto de las copas, ni veo el camimo por el que llegué al claro conocido. Ese no es mi claro.

Me rindo, y decido esperar al día para ubicarme. Me siento en una piedra, y cansado miro al cielo estrellado. El cielo es distinto. Ahora veo a la luna de reojo, sonriéndome. Ella es la culpable de la luz azulada del claro. ¿Me habrá guiado hasta aquí sólo para reírse de mí?

No parece que se esté riendo. Su sonrisa no es de burla. Al contrario, parece que quiere ayudarme.

Suspiro, y se lo agradezco, sé que en el fondo me quiere tanto como yo a ella, y sé que por eso está intentando ayudarme.

Cierro los ojos, dispuesto a dormirme. La piedra sobre la que estoy sentado me resulta extrañamemte familiar...

jueves, 11 de abril de 2013

El océano blanco.

Con los ojos cerrados, siento como me balanceo, como si estuviera en un barco, pero con muy pocas olas.

Abro los ojos y me miro los pies. Efectivamente, estoy en una barca de madera antigua, meciéndome con las olas, a penas perceptibles.

Miro el mar para ver las olas, debe estar bastante plano.

Bajo el cielo violáceo del atardecer, el mar ha adquirido un extraño tono blanco, blanco esponjoso. No sólo está plano, sino que además esta totalmente quieto, en calma. Miro más atentamente.

No está del todo quieto, en algunas zonas se arremolina. ¿Se arremolina? Sí, qué extraño... No se parece a ningún mar que haya visto antes.

Con la tontería del extraño color del agua no me había fijado en el panorama general. Me había quedado en el detalle de la blanca textura algodonosa del mar. Pero al fijarme otra vez en el cielo, miro hacia el horizonte. El mar blanco se extiende hasta donde me alcanza la vista. Estoy en el medio de la inmensidad del océano blanco. Y por si fuera poco, estoy completamente solo. No se ve ninguna otra barca, ningún islote, ni rastro de tierra.

Vuelvo a fijar mi atención en la barca. Parece que avanza, pero no sabría decir si hacia adelante o hacia atrás. Me asomo, y veo como el agua blanca se arremolina al tocar el casco de mi barca. Esa forma de arremolinarse...

¡No es agua! Alargo el brazo y sumerjo la mano en lo que creía que era agua. Pero no me mojo. Sólo aire. ¡Estoy flotando en un mar de nubes! No puede ser, es imposible. Absurdo. ¿Habrá agua bajo las nubes? Me inclino sobre el borde de la barca y estiro el brazo. Toco la parte más baja del casco, pero no me mojo. Ahí no hay agua. La barca flota sobre las nubes.

Ahora el violáceo del cielo se ha vuelto anaranjado, y el Sol se encunetra justo delante de mí, mirandome fijamente. Me mira con serenidad y autoridad, y me invita a contemplarle. Todo lo contrario que la Luna.

Veo cómo el Sol se pone en el horizonte, grande y naranja, y el cielo se tiñe de un rojo crepúsculo. El Sol deja de verse, y el cielo pasa a morado. Ahora el océano blanco tiene un resplandor azulado, fantasmagórico. ¿De dónde viene?

Miro hacia arriba. Ya se ven las estrellas. Ya veo de dónde sale el resplandor azulado... De quién si no. La Luna, como siempre, me mira sonriente, sabiendo que yo estoy pendiente de ella aunque no la mire. Me pone nervioso su sonrisa, pero me encanta. Cada día me hace sentir de una forma distinta, pero rara vez me desagrada.

La barca sigue avanzando, o retrocediendo, qué más da. De todas formas, no tengo ningún rumbo, ningún destino.

lunes, 8 de abril de 2013

En barca.

La superficie del agua está totalmente lisa, y veo mi reflejo en ella. Estoy en una barca que se encuentra quieta en el centro de un inmenso lago rodeado de montañas grises. El cielo es de un azul grisáceo.

En la barca hay dos remos. Me apetece remar, así que los cojo y me pongo a ello. Al entrar en el agua, los remos forman pequeñas ondas y remolinos. Pero la calma sigue reinando sobre el lago.

Avanzo unos metros remando despacio. Me relaja mucho la sensación de calma. Cierro los ojos y dejo que la suave brias que provoco en mi espalda al moverme me acaricie.

Empiezan a aparecer unas nubes sobre las montañas. Pasan por encima de ellas y bajan por la ladera, extendiéndose por el lago. Empieza a haber niebla, pero el lago sigue en calma.

La niebla se cierra por completo. Tranquilo, calmado y sin prisa, sigo remando. Me dejo llevar por la sensación de paz interior mientras me adentro en la niebla.

domingo, 7 de abril de 2013

Abrir los ojos.

Con los ojos cerrados, dejo volar mi imaginación. Veo un mundo lleno de colores y contrastes. Personas, felices y tristes, altas y bajas... Animales correteando. Ciudades llenas de preciosos rascacielos de cristal y selvas llenas de exóticos pájaros de colores. Científicos investigando, médicos curando a enfermos, deportistas entrenando, profesores enseñando...

Veo el cielo, con todas sus estrellas. Veo la tierra, con todos sus continentes y océanos. Si el mundo que veo cada día fuera una obra de teatro, este sería el desenlace, el momento culminante. Es la realidad en todo su esplendor, representada exclusivamente para mí. Me produce una cálida sensación de certeza.

En ese momento abro los ojos. La sensación de certeza y tranquilidad se esfuma, dejando paso a un frío abismo de incertidumbre.

Sólo veo niebla.

miércoles, 3 de abril de 2013

Arder.

Sentado en mi mesa, contemplo como la cerilla se consume. Miro la llama fijamente y me concentro. Antes de que se consuma por completo y me queme el dedo, soplo y la apago. Un suave olor a madera quemada llega a mi nariz.

Pero el olor empieza a cambiar. Ahora huele como a carne quemada. Huele mal, de hecho. ¿Qué es esa peste? Un resplandor naranja llega de debajo de la mesa. Miro hacia abajo y no consigo creer lo que veo. ¡Mis pies están ardiendo en llamas! Pero no siento ningún dolor, esto no debe de ser bueno.

Veo como el fuego empieza a subir por la pierna. Asustado, corro a la ducha. Me mojo los pies y las piernas para apagar el fuego, pero el agua no tiene ningún efecto sobre él. Decido probar en el río. Salgo corriendo de casa y voy hacia el río. Corro todo lo que puedo, pero empiezo a notar que mis pies se deshacen, carbonizados.

Ahora corro sobre los tobillos, como si fueran zancos. Y el fuego sigue subiendo, ya por mi cintura. Ya estoy en el campo, cerca del río, y mis tobillos también se han carbonizado. Ahora corro sobre las rodillas, como buenamente puedo. Pero las rodillas también se carbonizan y al poco rato, me quedo sin extremidades inferiores. El fuego me llega al pecho, y lo único que puedo hacer es arrastrarme con los brazos. El río está a pocos metros, pero avanzo muy despacio, no sé si me dará tiempo a llegar. Desesperado, veo como el fuego se extiende a mis brazos y como éstos se carbonizan también.

Ahora no puedo moverme. Soy una masa inmóvil, tirada en el suelo, ardiendo sin remedio. Sigo sin sentir dolor físico, pero me duele pensar que voy a morir. Giro la cabeza y miro el camino por el que he venido. Los restos carbonizados que he ido dejando aún humean. El humo es denso y de color rojizo, por las ascuas tal vez. O igual por las quemaduras de mi cara, que ya arde en llamas. Al verlo me recorre un ardiente escalofrío.

Me entrego a la calurosa pero indolora muerte, y echo una última mirada al río. El agua... lo que daría por un poco de agua...

Abro los ojos, y me despierto de la siesta. Tengo la impresión de haber soñado algo desagradable, pero no recuerdo lo que es. Qué raro, tengo muchísima sed... El suelo que rodea mi mesa está lleno de cerillas quemadas. No recuerdo haber hecho eso.

Me levanto a por un vaso de agua. Al volver a mi cuarto, me acerco a la ventana con el vaso en la mano. Miro a través de ella, y me acerco el vaso a los labios para beber. Pero justo cuando el agua moja mis labios, me detengo. He visto algo que me produce un ardiente escalofrío.

Mi mano pierde fuerza y el vaso cae al suelo, estallando en mil pedazos. El agua moja el suelo, pero ni me doy cuenta. Sigo con la mirada fija en esa inquietante visión. En el campo, cerca del río, una densa niebla se arremolina. Es de color rojizo.

martes, 2 de abril de 2013

Gira el reloj.

Son las 15:16h. Sobre mi mesa, un montón de papeles desordenados, que esperan su turno. Pero su turno no llega. El aburrimiento que siento me adormece.

Miro las agujas del reloj. La de los segundos avanza segundo a segundo, y acaba de empezar un nuevo minuto, las 15:17h.. La miro fijamente... Parece que va cada vez más lento. ¿Es impresión mía? No, no lo es. Cada vez va más lento, ahora tarda en saltar de un segundo a otro el triple que al principio. Parece que se para, pero al cabo de un rato vuelve a saltar. Cada vez tarda más. Y ahora se para del todo.

La miro, extrañado y curioso. ¿Se habrá quedado sin pilas? No, no puede ser, lo compré hace poco. Está casi nuevo, no se puede haber estropeado ya. Lo dejo estar, y me levanto de la silla. Me acerco a la ventana de mi cuarto y miro a través de ella. Nada raro. ¿O sí?

El día parece haberse vuelto muy veraniego. El sol brilla en el cielo, y no se ve ni una nube. En los árboles, completamente quietos, se ve que no sopla ninguna brisa. Pero cuando miro un poco más abajo, hacia la calle... Un coche está parado en medio de la carretera. ¿Qué le ha pasado? El conductor no parece preocuparse, sigue dentro del coche con las manos en el volante, como si nada pasara. Raro.

Todo está quieto. Hay unos niños sentados en uno de los bordes de la calle, pero no se mueven. Parecen mirar el suelo fijamente.

Llevado por la curiosidad, decido salir a la calle. Me acerco a los niños y saludo, pero no responden, siguen quietos. Me preocupo un poco. Me acerco al coche y abro la puerta. Le pregunto al conductor que si va todo bien, pero no hace ningún gesto en respuesta. ¿Es algún tipo de broma?

Algo asustado, corro al campo. Cerca hay un río, y me dirijo a él. Conforme me acerco me doy cuenta de que algo falla. No se oye el rumor habitual del agua. Y al llegar, efectivamente, no se aprecia ningun movimiento en la superficie del río. No hay corriente, el agua está estancada, como si fuera un lago.

No sé qué hacer, ahora sí que tengo miedo. No hay nadie en mi casa, así que intento llamarles. Pero no hay línea.

De repente oigo un ruido. El aleteo de unas alas. El piar de un pájaro. Y lo veo. ¡Ahí está! Un pájaro vuela hacia mí, y se posa justo delante, sobre una rama. Me mira y canta alegremente. Algo menos asustado, hablo con el pájaro.

-Hola pajarillo. ¿No sabrás algo de lo que está pasando, no?

No esperaba ningún tipo de respuesta, al fin y al cabo sólo es un pájaro. No me he vuelto loco que yo sepa. Pero la respuesta llega. El pájaro salta de la rama y se posa en mi cabeza, empezando a piar más suavemente. como tratando de calmarme. No me ha dado una explicación, pero por lo menos no me ha ignorado como la gente en la calle.

Pero entocnes, el pájaro vuelve a ponerse en marcha. Vuela unos metros y se posa en una rama lejana, sobre un camino. ¿Querrá que le siga?

El pájaro me guía durante un buen rato por un camino que yo nunca había recorrido. Llego a una zona en la montaña en la que nunca había estado, y algo aliviado veo como el cielo comienza a nublarse. Por lo menos ya no está todo parado. El pájaro también parece alegrarse, canta con más ganas.

Nos quedamos en esa zona, en la que hay una piedra muy cómoda para sentarse, desde la cual se ve el río y mi casa. Pero el cielo se nubla más de la cuenta, y las nubes empiezan a bajar a tierra. Empieza a haber niebla, y dejo de ver mi casa. Dejo de ver el río, pero un momento... ¡Ahora lo oigo! Vuelvo a oír el rumor del agua habitual, y eso hace que me vuelva a tranquilizar del todo. Me giro para mirar al pajarillo, pero ya no está en la misma rama que antes. Le oigo, pero no consigo verle.

La niebla se cierra más, y ya no veo nada. Ahora sólo me preocupa no perderme, porque no sé dónde estoy. Pero de alguna forma, el rumor del río y el cantar del pajarillo me tranquilizan un poco. Hasta que el pájaro deja de cantar. Cada vez lo hace más suavemente, y finalmente su canto se pierde en la densa niebla.

Bueno, momento de volver, me digo a mí mismo. Empiezo a andar hacia el rumor del río, con cuidado de no tropezarme. Pero qué extraño... Estoy seguro de andar en la dirección correcta, hacie el lugar del que viene el ruido del agua, pero aun así, cada vez lo oigo menos. El miedo vuelve a mí, esta vez, miedo a perderme. Empiezo a correr hacia el lugar del que viene el sonido, a penas audible ya.

Corro varios minutos y finalmente, el sonido del río deja de oírse. Cansado, me rindo. Decido quedarme donde estoy hasta que pase la niebla. Me siento en una piedra cercana.

La forma de la piedra me resulta familiar. ¡Es la misma piedra que antes! Bueno, casi me alegro. Por lo menos me hago una idea de dónde estoy. Me acomodo, y cierro los ojos. Duermo.

Abro los ojos y veo una mesa llena de papeles desordenados. Mi mesa. ¿He vuelto? ¿Lo he soñado todo?

Miro el reloj. La aguja de los segundos se mueve y está a punto de llegar a arriba. Al hacerlo, comienza un nuevo minuto. Son las 15:18h.

La luna me sonríe.

A veces me miro y me doy lástima. Vivo atrapado, sin libertad. Sólo de vez en cuando hago algo que me hace sentirme un poco libre, como estar con amigos, algún deporte... Pero no me veo capaz de liberarme del todo, de mandar a la mierda mi vida tal y como otros quieren que sea. No me veo capaz de hacer que mi vida sea sólo mía.

Me da la impresión de que nunca voy a ser libre, y me agobio. Miro al techo de mi cuarto, está nublado, como mi cabeza. Cierro los ojos y veo la niebla que oculta las respuestas a las preguntas que más me importan.

Vuelvo a abrirlos y suspiro. Miro por la ventana, es de noche y el cielo está despejado. Miro las estrellas, y de reojo veo su resplandor, el pálido resplandor de la luna. Sin mirarla directamente, veo cómo me sonríe. Una sonrisa serena que calma todas mis preocupaciones y me tranquiliza. Su serenidad es contagiosa.

Cierro los ojos y duermo. Dormir es la mejor prueba de que no somos libres. Me entrego a mi prisión, confiando en verla sonreír en mis sueños.

domingo, 31 de marzo de 2013

Reflejo futuro.

El hombre me mira fijamente. Está cansado, se nota en su mirada. Pero me sorprende la calma que se refleja en sus ojos. Es una persona profundamente tranquila, serena, mucho mayor que yo. Pienso en intercambiar algunas palabras con él, siento mucha curiosidad. Pero algo me impide hacerlo. Algo me dice que ya lo sé todo sobre él.

Pensativo, sigo mirándole fijamente, y él me mira a mí. ¿Quién será ese extraño que me resulta tan familiar?

De pronto, su mirada cambia. Pasa de ser serena a ser algo triste. Su expresión cambia con la mirada y se vuelve también un poco triste. En ese momento siento lástima por él, me compadezco. No sé qué le pasa, pero no me hace falta. Sé que lo está pasando mal.

Su mirada se ha vuelto del todo triste. Se le nota mucho más el cansancio. Por algún motivo debo consolarle. Me acerco a él, dando dos pasos, y él hace lo mismo. Nos encontramos frente a frente.

El hombre me mira fijamente y empieza a sonreír. Su mirada se vuelve alegre, y ahora me resulta más familiar que nunca. Me acerco para tocar su piel. Levanto una mano hacia su rostro para hacerlo. Él no parece asustarse, así que sigo... y toco una superficie helada y pulida. Al tocarla, se vuelve mil pedazos.

Los fragmentos del espejo caen al suelo, haciendo un ruido muy molesto, como sacándome de un sueño. El hombre se ha ido. Ahora veo lo que había detrás del espejo: una ventana. Está abierta, y es de día, pero no entra mucha luz. Me acerco a ella para mirar. Contemplo el paisaje... ningún paisaje; sólo niebla.

viernes, 29 de marzo de 2013

Lejos de casa.

No sé dónde estoy, pero tiene que estar muy lejos de casa. Tengo frío y me siento perdido. No reconozco nada de lo que veo. Tampoco oigo nada familiar, porque no oigo nada. El silencio es absoluto.

Empiezo a caminar por un sendero. A los lados, un oscuro bosque. Me da bastante miedo, no puedo evitar mirar a los lados de reojo. Sólo se ven los primeros árboles, el resto se los traga la oscuridad. El sendero en cambio está algo iluminado por la luna, que me sonríe allí arriba. Siempre me ha gustado su compañía, y ahora más que nunca, porque me siento solo. Pero no quiero mirarla directamente.

Sigo caminando sin saber a dónde me llevará el camino. ¿Me llevará a casa?
Vuelvo a mirar furtivamente al bosque a ambos lados del camino. Me sobresalto. Los árboles de dentro del bosque siguen sin verse, pero esta vez no es por la oscuridad. En las profundidades del bosque, una densa niebla se arremolina. El espectáculo es hasta fantasmagórico, me pone los pelos de punta. Además, la niebla parece acercarse al camino, muy despacio, pero sin parar.

Sigo caminando y al cabo de un rato la niebla ya está tras la primera hilera de árboles, a cada lado. Algunos de sus brazos salen entre los árboles y acarician el camino. Al hacerlo, la luna los ilumina con una luz azulada. Me pongo muy nervioso. El miedo es cada vez mayor.

Ya no veo ni la primera fila de árboles de ninguno de los dos lados. La niebla bordea el camino y se extiende sobre él como un manto blanco en el que sumerjo mis pies al caminar. Al pisar, se forman remolinos. La verdad es que es muy bello, pero el miedo no me deja disfrutarlo.

Miro hacia atrás y no veo nada. Detrás de mí sólo hay niebla. Ya no es que sea un manto sobre el camino, es que no parece que haya habido camino alguno. Ahora no podría volver por donde he venido. Entonces, empiezo a correr hacia adelante. Aún se intuye por donde va el camino, y es mi única oportunidad para salir de ahí. Corro con todas mis fuerzas, y el ruido que hago al correr me asusta aún más.

Corro más rápido, el manto de niebla me cubre ya hasta la cintura. Me va a tragar. El cielo, en cambio, está despejado. Miro a la luna de reojo. Me está sonriendo. Pero no es una sonrisa siniestra, como todo a mi alrededor. Es una sonrisa franca, sincera. Hasta cierto punto me tranquili...

He tropezado con algo y me he caído al suelo. Ahora estoy sumergido en la niebla. Ya soy suyo. Miro hacia arriba, con la esperanza de ver a la luna. Pero solo intuyo su presencia por la luz azulada y tenebrosa de la niebla. Me rindo, ya soy suyo. Cierro los ojos, tratando de pensar en la luna...

Me despierto en una cama, cerca de una chinenea encendida. La luz del fuego ilumina la habitación, sencilla y acogedora. Hay una puerta y una ventana.

No reconozco la habitación, diría que nunca he estado aquí. Pero a pesar de ello, la sensación que tengo es la de estar en casa. Ese es mi hogar. Simplemente lo sé. Por fin me siento en casa. Tranquilo, olvido lo de la niebla. A penas lo recuerdo ya, lo he debido de soñar. Cierro los ojos y dejo que el calor del fuego me arrope. Duermo plácidamente.

Me despierto unas horas después, descansado. Me ha sentado bien dormir un poco. Las brasas acaban de consumirse en la chimenea, humeantes. Ahora la única luz llega de la ventana. Una luz azulada. ¡La luna! Me apresuro a levantarme de la cama, emocionado. Me acerco a la ventana corriendo con una sonrisa en la cara. Miro al cielo estrellado, y en seguida noto su resplandor. Ahí está, la luna, como siempre sonriente. Sigo mirando a las estrellas, para que no me vea mirarla fijamente. Pero en secreto la miro. Es nuestro secreto. Ella sabe que la miro, yo sé que la miro. Pero los dos fingimos. No acabo de entenderlo.

Sea como fuere, allí está ella, sonriente, brillando en el cielo estrellado. Y aquí estoy yo, contemplándola en secreto.

Después de unos minutos mirando al cielo, me siento mucho mejor. Se ha ido cualquier rastro de temor o malestar.

Bajo la mirada, ya nos hemos visto bastante por hoy. Voy a apartarme de la ventana, pero en ese momento, otro espectáculo capta mi atención y me impide apartar la mirada. Se trata de un enorme mar de árobles que se extiende hasta donde llega la vista. La luz azulada de la luna los ilumina. Un camino llega hasta la casa desde el bosque, también iluminado por la luna. Pero los bordes del bosque no están iluminados. Las sombras de los árboles crean una oscuridad intrigante. Es bonito, el paisaje. El caso es, que ese camino... esos árboles... Me suenan. Pero no sé de qué. No le doy importancia, es un camino al fin y al cabo, puede recordarme a cualquier otro camino.

Me voy a volver a la cama. Pero me quedo clavado en el sitio. En el último momento antes de apartar la mirada de la ventana, veo algo que me petrifica. Mi expresión es de espanto. Instintivamente, retrocedo un paso, sin darme cuenta del todo de lo que hago.

De las profundidades del bosque ha empezado a salir una densa niebla que la luna ilumina tenebrosamente con su luz azulada.

martes, 26 de marzo de 2013

Caras.

Hace un día de puta madre y me bajo a dar un paseo. La soleada mañana de domingo me saluda cuando salgo del portal. La saludo yo a ella y me pongo a andar.

En un banco hay una pareja de ancianos. Él se oculta tras un periódico y ella agacha la cabeza, buscando algo en el bolso, de forma que no consigo verle la cara. "Buenos días", saludo. El anciano responde con un breve gruñido tras su periódico. Supongo que está leyendo malas noticias, ¿qué si no? La anciana ni si quiera me responde. Estará demasiado concentrada buscando lo que sea que esté buscando. Sigo con mi paseo, con el ánimo aún bastante bueno.

Unos metros más alante, una pareja algo más joven que la anterior discute acaloradamente en un portal. Veo al hombre de espaldas, gesticulando mucho, y a la mujer detrás, tapada por él. Parecen tener un buen cabreo encima. Según me acerco, parecen reconciliarse de pronto y se dan un beso. Contento por ellos, me dispongo a saludar. Pero justo antes de hacerlo, el hombre abre el portal y entran ambos. No pude verles la cara. Sigo con mi paseo, pero con el ánimo algo más tocado.

Avanzo un poco más y paso por delante de un escaparate. Es una tienda de ropa, y los maniquíes me observan con sus cabezas sin rostro. No tienen cara. "Buenos días", saludo bromeando. Sigo con mi paseo, suspirando, algo resignado.

Cruzo una calle. Un coche se detiene mientras cruzo. Miro al conductor, pero justo en ese momento se da la vuelta para decirle algo a un niño que va detrás. No veo al niño, pero veo la sillita. Me detengo un segundo en el paso de cebra. Igual así consigo que el conductor se mosquee y por lo menos me mire. Pero ahora parece estar poniendo el cinturón de la silla del niño, o algo parecido. Quizá poniéndole un abrigo al niño. Había empezado a hacer frío. Me doy cuenta, ahí parado en mitad del paso de cebra, de lo absurdo de mi comportamiento. Sigo mi camino, algo fastidiado.

Ando por la calle y llego a un parque. En un banco sentado hay un abuelo, de espaldas a mí. Dos niños se columpian, también dándome la espalda. Al principio del paseo me habría molestado en saludar, pero creo que ya paso.

Sigo hasta el final de la calle. Empieza un camino de tierra por el campo. En el fondo me alegro de que así sea, no me apetece cruzarme con nadie más.

Después de media hora de andar por el camino, llego a un lago. El tiempo ha empeorado bastante, el sol se oculta tras un cielo nublado, pero aun así creo que este último tramo ha merecido la pena. La naturaleza me tranquiliza y me reconforta.

Me acerco a la orilla. Las nubes parecen acercarse al suelo. El cielo se ha vuelto totalmente gris, y ya no se ve la otra orilla por la niebla. Cojo una piedra y la lanzo al lago. Oigo la piedra caer, pero no consigo verla. La niebla se hace más y más densa.

Me acerco al borde del agua. El lago esta plano y la calma es absoluta. Me inclino sobre la superficie del lago y miro mi reflejo.

¡No es posible! ¡Mi cara! En donde debería estar mi cara no hay nada. Es como una sombra negra, como si hubiera un abismo bajo el agua y yo mirase el fondo de este. Muevo la cabeza hacia los lados, pero el abismo se mueve conmigo. ¡No es posible!

Salgo corriendo. La niebla se ha cerrado tanto que no veo a dos metros de mis narices. Ni si quiera me veo los pies.

Corro a toda velocidad, y de pronto algo me hace tropezar. Mi pie derecho se engancha con una raíz de árbol o algo parecido. Me quedo tendido en el suelo, agotado.

La niebla se ha hecho aun más densa, parece que puedo acariciarla. No puedo moverme. Cierro los ojos.

La luna me sonríe.

Miro por la ventana. La luna me sonríe mientras la miro de reojo. Cierro los ojos.

Negro. Silencio. Calma.

Un murmullo llega a mis oídos. Parece el mar. El murmullo se hace más intenso. Ahora estoy seguro, es el mar. Me encuentro en una playa. Siento la arena bajo mis pies. No sabría decir desde cuándo estoy de pie sobre la arena, pero ahora lo estoy.

Abro los ojos pero no veo nada. Me rodea una densa niebla. Casi puedo tocarla... El mar está ahí, lo oigo.

Poco a poco la niebla empieza a levantarse. El sol parece asomarse tímidamente entre las nubes y empiezo a ver a mi alrededor. Estoy en una playa.

Me quedo de pie, esperando a que la niebla se vaya del todo. Las nubes desaparecen y el cielo se queda desnudo.

La luz del atardecer baña la bonita bahía de un resplandor dorado. El cielo es anaranjado y el sol se refleja en el mar, en su ocaso. Una suave brisa acaricia mi rostro.

Me quedo ahí de pie disfrutando de la sensación, y al cabo de un rato empiezo a andar sin prisa. El agua moja mis pies con cada ola, y siento cómo se hunden ligeramente en la arena a cada paso que doy. La sensación es agradable.

El sol se pone y el cielo se vuelve de color violeta. Llevo un rato caminando y me giro para ver el tramo recorrido. Las huellas se han borrado, ¿habrán sido las olas?

Me enfado con las olas. ¿Quiénes son ellas para borrar mis huellas? Me aparto de la orilla y empiezo a caminar por la arena seca. La sensación sigue siendo agradable, aunque algo menos que antes.

El cielo se ha vuelto azul oscuro. Llevo un rato caminando y me giro para ver el tramo recorrido. No hay huellas. Todas se han borrado. ¿Habrá sido la brisa, que arrastra la fina arena?

Me enfado con la brisa. ¿Quién es ella para borrar mis huellas? Empiezo a correr y a saltar con fuerza sobre el suelo. La sensación ha dejado de ser agradable. ¿Qué está pasando? Por mucho que corra, por mucho que salte, no consigo dejar huellas en la arena. Me desespero y corro otra vez hacia la orilla, donde el agua cubra el suelo que piso.

Ya se ha hecho de noche y camino por el agua. No veo el suelo que piso, así que ya no me preocupa si dejo huella o no. Camino hacia lo hondo, el agua cada vez me cubre más. Ahora la sensación es muy agradable, más que al principio incluso.

Han salido las estrellas y sigo caminando mar adentro. El agua me llega al cuello. Llevo un rato caminando, pero no me giro para ver el tramo recorrido. En vez de eso, levanto la cabeza y miro al cielo nocturno.

Las estrellas brillan ahí arriba. Todas brillan. Pero por el rabillo del ojo veo a la egocéntrica luna, acaparando como siempre todo el protagonismo en el cielo nocturno. No la quiero mirar directamente, porque sé que ella me está mirando a mí.

El agua me llega a la boca y noto el sabor del mar en mis labios. Ahora me cubre hasta la nariz. Ya no puedo respirar. Pero a penas me doy cuenta. Sigo mirando a las estrellas, sin perder del todo de vista a la luna.

La luna me sonríe mientras la miro de reojo. Cierro los ojos...