lunes, 29 de abril de 2013

Caer.

De pie en la cima puntiaguda de una montaña, observo a mi alrededor. Hasta donde alcanza mi vista, no veo más que nubes. Un mar blanco de esponjosas nubes. Sólo la cima de la montaña sobresale en ese mar blanco.

Una ligera brisa sopla y me acaricia el rostro. Es bastante cálida, agradable. En el horizonte, el sol se pone sobre el mar de nubes, dándoles un color anaranjado a ellas y al cielo. Veo como baja, hasta que desaparece, totalmente sumergido en el mar blanco.

El cielo se vuelve violeta, y se va oscureciendo. La brisa que acaricia mi cara empieza a volverse más y más fría. Pero sigo contemplando el horizonte, mirando hacia el lugar en el que se ha puesto el sol. Al cabo de un rato, la luna sale por ese mismo lugar. Aparto rápidamente la vista, pero me alegro de que haya salido por fin. Su resplandor hace que el mar de nubes se vuelva de un color azulado.

El cielo, completamente negro ya, se ilumina con muchísimas estrellas. Contemplándolo, me siento pequeño. Miro a la luna de reojo, me sonríe. Parece que me habla. No, no puede ser ella... Es como... Es como música. El silencio es absoluto, pero oigo música. La música del silencio. Viene de todas partes, y de ninguna. Es la música más bonita que he oído nunca.

La música no tiene notas, ni ritmo. Pero me cuenta cosas. No con palabras, sino con emociones. Me hace sentir. Siento todo lo que he sentido por la gente a mi alrededor, siento todo lo que han sentido ellos por mí. Siento todo lo que sienten todas las personas del mundo a la vez. No es un sentimiento concreto, son muchos mezclados. Rabia, amor, amistad, trizteza, odio, compasión...

Me encanta la sensación. Abro los brazos, cierro los ojos y respiro profundamente, agudizando el oído para oír bien la música del silencio. Cuanto más me concentro en el silencio, más la oigo. Con los brazos aún abiertos, y maravillado por ese sonido mudo, me dejo llevar. Me dejo caer hacia atrás, desde el pico de la montaña, al mar de nubes.

lunes, 22 de abril de 2013

La muerte.

Estoy en un sitio desconocido, solo. Miro a mi al rededor, es de noche y la luna hace que todo brille de un azul tenue. Se refleja en un lago. Estoy sentado en el borde del lago, mirando el reflejo de la luna sobre la superficie del agua.

A mi espalda, alguien se ríe. Una risa aguda y siniestra. Me recorre un escalofrío. Me giro para ver quién es, pero no veo a nadie.

Vuelvo a mirar al lago. El cielo ha empezado a nublarse, y las nubes están muy bajas. Empieza a haber niebla.

Pasa un rato y la niebla se cierra del todo. Sigo mirando al lago, aunque a penas puedo ver. Una sombra se acerca sobre el agua...

Parece una barca con una persona de pie en ella. Se acerca algo más, hay tanto silencio que casi puedo oir la barca deslizándose por el agua.

Parece que lleva una túnica con capucha. Lleva algo en la mano. Una guadaña. Se sigue acercando y ahora ya puedo verla con bastante claridad. Pero la capucha oculta su cara.

Trato de verle la cara pero sólo veo oscuridad bajo la capucha. Me infunde mucho respeto la presencia de esta persona, algo de miedo incluso. Parece que me mira fijamente, a pesar de no poder verle la cara.

La barca da media vuelta lentamente y empieza a alejarse. Veo como se adentra en la niebla a medida que se va alejando.

En el momento en el que dejo de ver la barca por completo, justo cuando se la traga la niebla, siento un escalofrío. Otra vez esa risa aguda y siniestra, rompiendo el silencio. Y después, nada.

sábado, 13 de abril de 2013

El claro.

Ando por el bosque, es de noche. Sigo el camino que tantas veces he recorrido, y llego al claro en el que tantas veces he estado.

Me siento a descansar en una piedra y contemplo el cielo estrellado por el hueco del claro.

Cierro los ojos un momento, estoy agotado.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, no veo nada más que niebla. ¿De dónde ha salido de repente?

La niebla se deshace poco a poco. Espero a que se vaya del todo y miro a mi alrededor.

Sigo sentado en la misma piedra, no he dejado de notarla debajo de mí y tiene la misma forma. Pero todo lo demás ha cambiado. Ya no estoy en un claro, ni estoy en el bosque que yo conocía.

Algo preocupado, intento buscar algún sitio que me resulte familiar. Consciente de que es una mala idea, me levanto y corro en busca de sitios conocidos.

Pasan los minutos y sigo correindo entre árboles que nunca había visto, a oscuras casi. Pero entonces veo una lejana y tenue luz. Es azulada, algo fantasmagórica. Me acerco a ella corriendo. ¡Es un claro!

Pero no es el claro que yo conocía. No reconozco los árboles, ni la forma del hueco en lo alto de las copas, ni veo el camimo por el que llegué al claro conocido. Ese no es mi claro.

Me rindo, y decido esperar al día para ubicarme. Me siento en una piedra, y cansado miro al cielo estrellado. El cielo es distinto. Ahora veo a la luna de reojo, sonriéndome. Ella es la culpable de la luz azulada del claro. ¿Me habrá guiado hasta aquí sólo para reírse de mí?

No parece que se esté riendo. Su sonrisa no es de burla. Al contrario, parece que quiere ayudarme.

Suspiro, y se lo agradezco, sé que en el fondo me quiere tanto como yo a ella, y sé que por eso está intentando ayudarme.

Cierro los ojos, dispuesto a dormirme. La piedra sobre la que estoy sentado me resulta extrañamemte familiar...

jueves, 11 de abril de 2013

El océano blanco.

Con los ojos cerrados, siento como me balanceo, como si estuviera en un barco, pero con muy pocas olas.

Abro los ojos y me miro los pies. Efectivamente, estoy en una barca de madera antigua, meciéndome con las olas, a penas perceptibles.

Miro el mar para ver las olas, debe estar bastante plano.

Bajo el cielo violáceo del atardecer, el mar ha adquirido un extraño tono blanco, blanco esponjoso. No sólo está plano, sino que además esta totalmente quieto, en calma. Miro más atentamente.

No está del todo quieto, en algunas zonas se arremolina. ¿Se arremolina? Sí, qué extraño... No se parece a ningún mar que haya visto antes.

Con la tontería del extraño color del agua no me había fijado en el panorama general. Me había quedado en el detalle de la blanca textura algodonosa del mar. Pero al fijarme otra vez en el cielo, miro hacia el horizonte. El mar blanco se extiende hasta donde me alcanza la vista. Estoy en el medio de la inmensidad del océano blanco. Y por si fuera poco, estoy completamente solo. No se ve ninguna otra barca, ningún islote, ni rastro de tierra.

Vuelvo a fijar mi atención en la barca. Parece que avanza, pero no sabría decir si hacia adelante o hacia atrás. Me asomo, y veo como el agua blanca se arremolina al tocar el casco de mi barca. Esa forma de arremolinarse...

¡No es agua! Alargo el brazo y sumerjo la mano en lo que creía que era agua. Pero no me mojo. Sólo aire. ¡Estoy flotando en un mar de nubes! No puede ser, es imposible. Absurdo. ¿Habrá agua bajo las nubes? Me inclino sobre el borde de la barca y estiro el brazo. Toco la parte más baja del casco, pero no me mojo. Ahí no hay agua. La barca flota sobre las nubes.

Ahora el violáceo del cielo se ha vuelto anaranjado, y el Sol se encunetra justo delante de mí, mirandome fijamente. Me mira con serenidad y autoridad, y me invita a contemplarle. Todo lo contrario que la Luna.

Veo cómo el Sol se pone en el horizonte, grande y naranja, y el cielo se tiñe de un rojo crepúsculo. El Sol deja de verse, y el cielo pasa a morado. Ahora el océano blanco tiene un resplandor azulado, fantasmagórico. ¿De dónde viene?

Miro hacia arriba. Ya se ven las estrellas. Ya veo de dónde sale el resplandor azulado... De quién si no. La Luna, como siempre, me mira sonriente, sabiendo que yo estoy pendiente de ella aunque no la mire. Me pone nervioso su sonrisa, pero me encanta. Cada día me hace sentir de una forma distinta, pero rara vez me desagrada.

La barca sigue avanzando, o retrocediendo, qué más da. De todas formas, no tengo ningún rumbo, ningún destino.

lunes, 8 de abril de 2013

En barca.

La superficie del agua está totalmente lisa, y veo mi reflejo en ella. Estoy en una barca que se encuentra quieta en el centro de un inmenso lago rodeado de montañas grises. El cielo es de un azul grisáceo.

En la barca hay dos remos. Me apetece remar, así que los cojo y me pongo a ello. Al entrar en el agua, los remos forman pequeñas ondas y remolinos. Pero la calma sigue reinando sobre el lago.

Avanzo unos metros remando despacio. Me relaja mucho la sensación de calma. Cierro los ojos y dejo que la suave brias que provoco en mi espalda al moverme me acaricie.

Empiezan a aparecer unas nubes sobre las montañas. Pasan por encima de ellas y bajan por la ladera, extendiéndose por el lago. Empieza a haber niebla, pero el lago sigue en calma.

La niebla se cierra por completo. Tranquilo, calmado y sin prisa, sigo remando. Me dejo llevar por la sensación de paz interior mientras me adentro en la niebla.

domingo, 7 de abril de 2013

Abrir los ojos.

Con los ojos cerrados, dejo volar mi imaginación. Veo un mundo lleno de colores y contrastes. Personas, felices y tristes, altas y bajas... Animales correteando. Ciudades llenas de preciosos rascacielos de cristal y selvas llenas de exóticos pájaros de colores. Científicos investigando, médicos curando a enfermos, deportistas entrenando, profesores enseñando...

Veo el cielo, con todas sus estrellas. Veo la tierra, con todos sus continentes y océanos. Si el mundo que veo cada día fuera una obra de teatro, este sería el desenlace, el momento culminante. Es la realidad en todo su esplendor, representada exclusivamente para mí. Me produce una cálida sensación de certeza.

En ese momento abro los ojos. La sensación de certeza y tranquilidad se esfuma, dejando paso a un frío abismo de incertidumbre.

Sólo veo niebla.

miércoles, 3 de abril de 2013

Arder.

Sentado en mi mesa, contemplo como la cerilla se consume. Miro la llama fijamente y me concentro. Antes de que se consuma por completo y me queme el dedo, soplo y la apago. Un suave olor a madera quemada llega a mi nariz.

Pero el olor empieza a cambiar. Ahora huele como a carne quemada. Huele mal, de hecho. ¿Qué es esa peste? Un resplandor naranja llega de debajo de la mesa. Miro hacia abajo y no consigo creer lo que veo. ¡Mis pies están ardiendo en llamas! Pero no siento ningún dolor, esto no debe de ser bueno.

Veo como el fuego empieza a subir por la pierna. Asustado, corro a la ducha. Me mojo los pies y las piernas para apagar el fuego, pero el agua no tiene ningún efecto sobre él. Decido probar en el río. Salgo corriendo de casa y voy hacia el río. Corro todo lo que puedo, pero empiezo a notar que mis pies se deshacen, carbonizados.

Ahora corro sobre los tobillos, como si fueran zancos. Y el fuego sigue subiendo, ya por mi cintura. Ya estoy en el campo, cerca del río, y mis tobillos también se han carbonizado. Ahora corro sobre las rodillas, como buenamente puedo. Pero las rodillas también se carbonizan y al poco rato, me quedo sin extremidades inferiores. El fuego me llega al pecho, y lo único que puedo hacer es arrastrarme con los brazos. El río está a pocos metros, pero avanzo muy despacio, no sé si me dará tiempo a llegar. Desesperado, veo como el fuego se extiende a mis brazos y como éstos se carbonizan también.

Ahora no puedo moverme. Soy una masa inmóvil, tirada en el suelo, ardiendo sin remedio. Sigo sin sentir dolor físico, pero me duele pensar que voy a morir. Giro la cabeza y miro el camino por el que he venido. Los restos carbonizados que he ido dejando aún humean. El humo es denso y de color rojizo, por las ascuas tal vez. O igual por las quemaduras de mi cara, que ya arde en llamas. Al verlo me recorre un ardiente escalofrío.

Me entrego a la calurosa pero indolora muerte, y echo una última mirada al río. El agua... lo que daría por un poco de agua...

Abro los ojos, y me despierto de la siesta. Tengo la impresión de haber soñado algo desagradable, pero no recuerdo lo que es. Qué raro, tengo muchísima sed... El suelo que rodea mi mesa está lleno de cerillas quemadas. No recuerdo haber hecho eso.

Me levanto a por un vaso de agua. Al volver a mi cuarto, me acerco a la ventana con el vaso en la mano. Miro a través de ella, y me acerco el vaso a los labios para beber. Pero justo cuando el agua moja mis labios, me detengo. He visto algo que me produce un ardiente escalofrío.

Mi mano pierde fuerza y el vaso cae al suelo, estallando en mil pedazos. El agua moja el suelo, pero ni me doy cuenta. Sigo con la mirada fija en esa inquietante visión. En el campo, cerca del río, una densa niebla se arremolina. Es de color rojizo.

martes, 2 de abril de 2013

Gira el reloj.

Son las 15:16h. Sobre mi mesa, un montón de papeles desordenados, que esperan su turno. Pero su turno no llega. El aburrimiento que siento me adormece.

Miro las agujas del reloj. La de los segundos avanza segundo a segundo, y acaba de empezar un nuevo minuto, las 15:17h.. La miro fijamente... Parece que va cada vez más lento. ¿Es impresión mía? No, no lo es. Cada vez va más lento, ahora tarda en saltar de un segundo a otro el triple que al principio. Parece que se para, pero al cabo de un rato vuelve a saltar. Cada vez tarda más. Y ahora se para del todo.

La miro, extrañado y curioso. ¿Se habrá quedado sin pilas? No, no puede ser, lo compré hace poco. Está casi nuevo, no se puede haber estropeado ya. Lo dejo estar, y me levanto de la silla. Me acerco a la ventana de mi cuarto y miro a través de ella. Nada raro. ¿O sí?

El día parece haberse vuelto muy veraniego. El sol brilla en el cielo, y no se ve ni una nube. En los árboles, completamente quietos, se ve que no sopla ninguna brisa. Pero cuando miro un poco más abajo, hacia la calle... Un coche está parado en medio de la carretera. ¿Qué le ha pasado? El conductor no parece preocuparse, sigue dentro del coche con las manos en el volante, como si nada pasara. Raro.

Todo está quieto. Hay unos niños sentados en uno de los bordes de la calle, pero no se mueven. Parecen mirar el suelo fijamente.

Llevado por la curiosidad, decido salir a la calle. Me acerco a los niños y saludo, pero no responden, siguen quietos. Me preocupo un poco. Me acerco al coche y abro la puerta. Le pregunto al conductor que si va todo bien, pero no hace ningún gesto en respuesta. ¿Es algún tipo de broma?

Algo asustado, corro al campo. Cerca hay un río, y me dirijo a él. Conforme me acerco me doy cuenta de que algo falla. No se oye el rumor habitual del agua. Y al llegar, efectivamente, no se aprecia ningun movimiento en la superficie del río. No hay corriente, el agua está estancada, como si fuera un lago.

No sé qué hacer, ahora sí que tengo miedo. No hay nadie en mi casa, así que intento llamarles. Pero no hay línea.

De repente oigo un ruido. El aleteo de unas alas. El piar de un pájaro. Y lo veo. ¡Ahí está! Un pájaro vuela hacia mí, y se posa justo delante, sobre una rama. Me mira y canta alegremente. Algo menos asustado, hablo con el pájaro.

-Hola pajarillo. ¿No sabrás algo de lo que está pasando, no?

No esperaba ningún tipo de respuesta, al fin y al cabo sólo es un pájaro. No me he vuelto loco que yo sepa. Pero la respuesta llega. El pájaro salta de la rama y se posa en mi cabeza, empezando a piar más suavemente. como tratando de calmarme. No me ha dado una explicación, pero por lo menos no me ha ignorado como la gente en la calle.

Pero entocnes, el pájaro vuelve a ponerse en marcha. Vuela unos metros y se posa en una rama lejana, sobre un camino. ¿Querrá que le siga?

El pájaro me guía durante un buen rato por un camino que yo nunca había recorrido. Llego a una zona en la montaña en la que nunca había estado, y algo aliviado veo como el cielo comienza a nublarse. Por lo menos ya no está todo parado. El pájaro también parece alegrarse, canta con más ganas.

Nos quedamos en esa zona, en la que hay una piedra muy cómoda para sentarse, desde la cual se ve el río y mi casa. Pero el cielo se nubla más de la cuenta, y las nubes empiezan a bajar a tierra. Empieza a haber niebla, y dejo de ver mi casa. Dejo de ver el río, pero un momento... ¡Ahora lo oigo! Vuelvo a oír el rumor del agua habitual, y eso hace que me vuelva a tranquilizar del todo. Me giro para mirar al pajarillo, pero ya no está en la misma rama que antes. Le oigo, pero no consigo verle.

La niebla se cierra más, y ya no veo nada. Ahora sólo me preocupa no perderme, porque no sé dónde estoy. Pero de alguna forma, el rumor del río y el cantar del pajarillo me tranquilizan un poco. Hasta que el pájaro deja de cantar. Cada vez lo hace más suavemente, y finalmente su canto se pierde en la densa niebla.

Bueno, momento de volver, me digo a mí mismo. Empiezo a andar hacia el rumor del río, con cuidado de no tropezarme. Pero qué extraño... Estoy seguro de andar en la dirección correcta, hacie el lugar del que viene el ruido del agua, pero aun así, cada vez lo oigo menos. El miedo vuelve a mí, esta vez, miedo a perderme. Empiezo a correr hacia el lugar del que viene el sonido, a penas audible ya.

Corro varios minutos y finalmente, el sonido del río deja de oírse. Cansado, me rindo. Decido quedarme donde estoy hasta que pase la niebla. Me siento en una piedra cercana.

La forma de la piedra me resulta familiar. ¡Es la misma piedra que antes! Bueno, casi me alegro. Por lo menos me hago una idea de dónde estoy. Me acomodo, y cierro los ojos. Duermo.

Abro los ojos y veo una mesa llena de papeles desordenados. Mi mesa. ¿He vuelto? ¿Lo he soñado todo?

Miro el reloj. La aguja de los segundos se mueve y está a punto de llegar a arriba. Al hacerlo, comienza un nuevo minuto. Son las 15:18h.

La luna me sonríe.

A veces me miro y me doy lástima. Vivo atrapado, sin libertad. Sólo de vez en cuando hago algo que me hace sentirme un poco libre, como estar con amigos, algún deporte... Pero no me veo capaz de liberarme del todo, de mandar a la mierda mi vida tal y como otros quieren que sea. No me veo capaz de hacer que mi vida sea sólo mía.

Me da la impresión de que nunca voy a ser libre, y me agobio. Miro al techo de mi cuarto, está nublado, como mi cabeza. Cierro los ojos y veo la niebla que oculta las respuestas a las preguntas que más me importan.

Vuelvo a abrirlos y suspiro. Miro por la ventana, es de noche y el cielo está despejado. Miro las estrellas, y de reojo veo su resplandor, el pálido resplandor de la luna. Sin mirarla directamente, veo cómo me sonríe. Una sonrisa serena que calma todas mis preocupaciones y me tranquiliza. Su serenidad es contagiosa.

Cierro los ojos y duermo. Dormir es la mejor prueba de que no somos libres. Me entrego a mi prisión, confiando en verla sonreír en mis sueños.