miércoles, 3 de abril de 2013

Arder.

Sentado en mi mesa, contemplo como la cerilla se consume. Miro la llama fijamente y me concentro. Antes de que se consuma por completo y me queme el dedo, soplo y la apago. Un suave olor a madera quemada llega a mi nariz.

Pero el olor empieza a cambiar. Ahora huele como a carne quemada. Huele mal, de hecho. ¿Qué es esa peste? Un resplandor naranja llega de debajo de la mesa. Miro hacia abajo y no consigo creer lo que veo. ¡Mis pies están ardiendo en llamas! Pero no siento ningún dolor, esto no debe de ser bueno.

Veo como el fuego empieza a subir por la pierna. Asustado, corro a la ducha. Me mojo los pies y las piernas para apagar el fuego, pero el agua no tiene ningún efecto sobre él. Decido probar en el río. Salgo corriendo de casa y voy hacia el río. Corro todo lo que puedo, pero empiezo a notar que mis pies se deshacen, carbonizados.

Ahora corro sobre los tobillos, como si fueran zancos. Y el fuego sigue subiendo, ya por mi cintura. Ya estoy en el campo, cerca del río, y mis tobillos también se han carbonizado. Ahora corro sobre las rodillas, como buenamente puedo. Pero las rodillas también se carbonizan y al poco rato, me quedo sin extremidades inferiores. El fuego me llega al pecho, y lo único que puedo hacer es arrastrarme con los brazos. El río está a pocos metros, pero avanzo muy despacio, no sé si me dará tiempo a llegar. Desesperado, veo como el fuego se extiende a mis brazos y como éstos se carbonizan también.

Ahora no puedo moverme. Soy una masa inmóvil, tirada en el suelo, ardiendo sin remedio. Sigo sin sentir dolor físico, pero me duele pensar que voy a morir. Giro la cabeza y miro el camino por el que he venido. Los restos carbonizados que he ido dejando aún humean. El humo es denso y de color rojizo, por las ascuas tal vez. O igual por las quemaduras de mi cara, que ya arde en llamas. Al verlo me recorre un ardiente escalofrío.

Me entrego a la calurosa pero indolora muerte, y echo una última mirada al río. El agua... lo que daría por un poco de agua...

Abro los ojos, y me despierto de la siesta. Tengo la impresión de haber soñado algo desagradable, pero no recuerdo lo que es. Qué raro, tengo muchísima sed... El suelo que rodea mi mesa está lleno de cerillas quemadas. No recuerdo haber hecho eso.

Me levanto a por un vaso de agua. Al volver a mi cuarto, me acerco a la ventana con el vaso en la mano. Miro a través de ella, y me acerco el vaso a los labios para beber. Pero justo cuando el agua moja mis labios, me detengo. He visto algo que me produce un ardiente escalofrío.

Mi mano pierde fuerza y el vaso cae al suelo, estallando en mil pedazos. El agua moja el suelo, pero ni me doy cuenta. Sigo con la mirada fija en esa inquietante visión. En el campo, cerca del río, una densa niebla se arremolina. Es de color rojizo.

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