De pie en la cima puntiaguda de una montaña, observo a mi alrededor. Hasta donde alcanza mi vista, no veo más que nubes. Un mar blanco de esponjosas nubes. Sólo la cima de la montaña sobresale en ese mar blanco.
Una ligera brisa sopla y me acaricia el rostro. Es bastante cálida, agradable. En el horizonte, el sol se pone sobre el mar de nubes, dándoles un color anaranjado a ellas y al cielo. Veo como baja, hasta que desaparece, totalmente sumergido en el mar blanco.
El cielo se vuelve violeta, y se va oscureciendo. La brisa que acaricia mi cara empieza a volverse más y más fría. Pero sigo contemplando el horizonte, mirando hacia el lugar en el que se ha puesto el sol. Al cabo de un rato, la luna sale por ese mismo lugar. Aparto rápidamente la vista, pero me alegro de que haya salido por fin. Su resplandor hace que el mar de nubes se vuelva de un color azulado.
El cielo, completamente negro ya, se ilumina con muchísimas estrellas. Contemplándolo, me siento pequeño. Miro a la luna de reojo, me sonríe. Parece que me habla. No, no puede ser ella... Es como... Es como música. El silencio es absoluto, pero oigo música. La música del silencio. Viene de todas partes, y de ninguna. Es la música más bonita que he oído nunca.
La música no tiene notas, ni ritmo. Pero me cuenta cosas. No con palabras, sino con emociones. Me hace sentir. Siento todo lo que he sentido por la gente a mi alrededor, siento todo lo que han sentido ellos por mí. Siento todo lo que sienten todas las personas del mundo a la vez. No es un sentimiento concreto, son muchos mezclados. Rabia, amor, amistad, trizteza, odio, compasión...
Me encanta la sensación. Abro los brazos, cierro los ojos y respiro profundamente, agudizando el oído para oír bien la música del silencio. Cuanto más me concentro en el silencio, más la oigo. Con los brazos aún abiertos, y maravillado por ese sonido mudo, me dejo llevar. Me dejo caer hacia atrás, desde el pico de la montaña, al mar de nubes.
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