sábado, 13 de abril de 2013

El claro.

Ando por el bosque, es de noche. Sigo el camino que tantas veces he recorrido, y llego al claro en el que tantas veces he estado.

Me siento a descansar en una piedra y contemplo el cielo estrellado por el hueco del claro.

Cierro los ojos un momento, estoy agotado.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, no veo nada más que niebla. ¿De dónde ha salido de repente?

La niebla se deshace poco a poco. Espero a que se vaya del todo y miro a mi alrededor.

Sigo sentado en la misma piedra, no he dejado de notarla debajo de mí y tiene la misma forma. Pero todo lo demás ha cambiado. Ya no estoy en un claro, ni estoy en el bosque que yo conocía.

Algo preocupado, intento buscar algún sitio que me resulte familiar. Consciente de que es una mala idea, me levanto y corro en busca de sitios conocidos.

Pasan los minutos y sigo correindo entre árboles que nunca había visto, a oscuras casi. Pero entonces veo una lejana y tenue luz. Es azulada, algo fantasmagórica. Me acerco a ella corriendo. ¡Es un claro!

Pero no es el claro que yo conocía. No reconozco los árboles, ni la forma del hueco en lo alto de las copas, ni veo el camimo por el que llegué al claro conocido. Ese no es mi claro.

Me rindo, y decido esperar al día para ubicarme. Me siento en una piedra, y cansado miro al cielo estrellado. El cielo es distinto. Ahora veo a la luna de reojo, sonriéndome. Ella es la culpable de la luz azulada del claro. ¿Me habrá guiado hasta aquí sólo para reírse de mí?

No parece que se esté riendo. Su sonrisa no es de burla. Al contrario, parece que quiere ayudarme.

Suspiro, y se lo agradezco, sé que en el fondo me quiere tanto como yo a ella, y sé que por eso está intentando ayudarme.

Cierro los ojos, dispuesto a dormirme. La piedra sobre la que estoy sentado me resulta extrañamemte familiar...

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