Con los ojos cerrados, siento como me balanceo, como si estuviera en un barco, pero con muy pocas olas.
Abro los ojos y me miro los pies. Efectivamente, estoy en una barca de madera antigua, meciéndome con las olas, a penas perceptibles.
Miro el mar para ver las olas, debe estar bastante plano.
Bajo el cielo violáceo del atardecer, el mar ha adquirido un extraño tono blanco, blanco esponjoso. No sólo está plano, sino que además esta totalmente quieto, en calma. Miro más atentamente.
No está del todo quieto, en algunas zonas se arremolina. ¿Se arremolina? Sí, qué extraño... No se parece a ningún mar que haya visto antes.
Con la tontería del extraño color del agua no me había fijado en el panorama general. Me había quedado en el detalle de la blanca textura algodonosa del mar. Pero al fijarme otra vez en el cielo, miro hacia el horizonte. El mar blanco se extiende hasta donde me alcanza la vista. Estoy en el medio de la inmensidad del océano blanco. Y por si fuera poco, estoy completamente solo. No se ve ninguna otra barca, ningún islote, ni rastro de tierra.
Vuelvo a fijar mi atención en la barca. Parece que avanza, pero no sabría decir si hacia adelante o hacia atrás. Me asomo, y veo como el agua blanca se arremolina al tocar el casco de mi barca. Esa forma de arremolinarse...
¡No es agua! Alargo el brazo y sumerjo la mano en lo que creía que era agua. Pero no me mojo. Sólo aire. ¡Estoy flotando en un mar de nubes! No puede ser, es imposible. Absurdo. ¿Habrá agua bajo las nubes? Me inclino sobre el borde de la barca y estiro el brazo. Toco la parte más baja del casco, pero no me mojo. Ahí no hay agua. La barca flota sobre las nubes.
Ahora el violáceo del cielo se ha vuelto anaranjado, y el Sol se encunetra justo delante de mí, mirandome fijamente. Me mira con serenidad y autoridad, y me invita a contemplarle. Todo lo contrario que la Luna.
Veo cómo el Sol se pone en el horizonte, grande y naranja, y el cielo se tiñe de un rojo crepúsculo. El Sol deja de verse, y el cielo pasa a morado. Ahora el océano blanco tiene un resplandor azulado, fantasmagórico. ¿De dónde viene?
Miro hacia arriba. Ya se ven las estrellas. Ya veo de dónde sale el resplandor azulado... De quién si no. La Luna, como siempre, me mira sonriente, sabiendo que yo estoy pendiente de ella aunque no la mire. Me pone nervioso su sonrisa, pero me encanta. Cada día me hace sentir de una forma distinta, pero rara vez me desagrada.
La barca sigue avanzando, o retrocediendo, qué más da. De todas formas, no tengo ningún rumbo, ningún destino.
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