martes, 28 de mayo de 2013

Viejo conocido.

Sentado en un banco, miro el parque. Es temprano por la mañana, y los columpios están cubiertos de gotas de rocío. Va a hacer un día soleado.

Dos niños llegan corriendo y se ponen a columpiarse; no parece importarles el agua. Se divierten, riendo y compitiendo por ver quién llega más alto.

Una niña llega con su madre, y su hermano, que va en un carrito, durmiendo. La niña se pone a jugar con la arena, haciendo dibujos en ella. Uno de los niños del columpio se baja y se une a ella. Los dos sonríen y se divierten.

El otro niño parece celoso, y se baja del columpio con cara de enfado. Coge un puñado de arena y se lo tira a la niña. La niña sale corriendo con su madre, llorando. El otro niño le pregunta "¿Por qué has hecho eso?". Se enfadan entre ellos, y el que tiró el puñado de arena se sienta lejos, con los brazos cruzados y cara de incomprendido.

No puedo evitar sonreír. Qué bonita es la infancia. El niño, aún sin corromper por los absurdos valores de la sociedad en la que crecerá, vive la vida sin pensar las cosas demasiado.

Mientras pensaba en ello, la niebla apareció. Ya no veo los columpios, ni oigo a la niña llorar. Ahora todo está en calma.

Sigo sentado en mi banco, y al cabo de un rato la niebla se disipa. El día se ha estropeado: aunque ya no haya niebla, las nubes grises cubren el cielo. Los columpios están vacíos y oxidados. Se mecen con el viento y chirrían. Los árboles del parque han perdido todo el follaje. Ya no hay niños, ni madres.

Me pongo de pie y me acerco a donde antes estaba la niña. Los dibujos siguen en el suelo, pero están tan borrosos que a penas se distinguen. Me dirijo ahora a el lugar en el que se sentó antes el niño de brazos cruzados. Me siento como se sentó él, mirando hacia el banco. Al mirar mi banco me asusto. Hay un viejo sentado en él. El día sigue nublado y sopla un viento frío. ¿Cuándo se ha sentado ahí el viejo? Yo estaba sólo en el banco y no le vi venir. Qué raro. Se lo preguntaría, pero está lejos.

El viejo me mira fijamente y sonríe. Su cara me suena de algo, como de un viejo conocido.

Empieza a llover y me vuelvo a poner de pie, dispuesto a marcharme. Antes voy a preguntarle al viejo si nos conocemos, me suena muchísimo. Camino hacia él, despacio.

Me sigue mirando fijamente, sin dejar de sonreír. Parece que cada vez sonríe más, como si estuviera deseando que me acercara a preguntarle si me conoce.

Al estar a unos metros de él me paro. No puedo andar más, algo me lo impide. Miedo, creo. Me quedo ahí de pie, bajo la lluvia, mojándome. No le pregunto nada, porque sé que él me va a hablar a mí.

Por fin, el viejo empieza a hablar. No deja de sonreír, parece disfrutar de la situación.

Me explica de qué nos conocemos. Sus palabras no son muchas, pero sí son muy pesadas. Me golpean. Es demasiado, no puede ser. Retrocedo asustado. Le doy la espalda y corro bajo la lluvia, lejos de él. Antes de perderle de vista giro la cabeza para mirarle por última vez: aún me mira sonriente.

Sus palabras retumban en mi cabeza: "Hace muchos años vi cómo arrojabas un puñado de arena a una niña en este mismo parque, y vi cómo te alejabas de tu amigo, enfadado, y te sentabas en el mismo lugar en el que estabas sentado hace unos momentos."

lunes, 20 de mayo de 2013

Mereció la pena.

La noche anterior al examen conseguí ponerme a trabajar, y hoy pude ver el resultado. Conseguí aprobar, con un 6 además.

Ahora a descansar y a vivir. La niebla está ahí esperándonos.

jueves, 9 de mayo de 2013

Al borde del abismo.

En mi cabeza, se arremolinan los pensamientos en forma de densa niebla. Esta sensación de remordimiento, frustración, impotencia... es bastante habitual en mí. Pero nunca me había hecho tanto daño como esta vez.

Nunca he sabido afrontar las dificultades. Siempre encuentro excusas para eludir cualquier tipo de responsabilidad. Con ello, me he acostumbrado a no realizar tampoco ningún tipo de esfuerzo, ninguno que no me apetezca realizar.

Ahora mismo, me encuentro en una de esas situaciones en las que mi mente me pide que me deje llevar y que me evada de las responsabilidades. Llevo toda la tarde evitando la hora de ponerme a estudiar. ¿Por qué me pasan estas cosas?

Si no apruebo mañana, tendré que ir a septiembre. Pero eso no es lo que más me preocupa. Lo que más me preocupa es lo que descubro de mí mismo cada vez que me encuentro en este tipo de situaciones. Mi falta de entusiasmo y de fuerza de voluntad llega a ser egoísta. Egoísta, porque no es justo para la gente que me apoya.

Mi madre, ayudándome a estudiar, empeñada en que sea optimista. Mi padre, llamando todos los días para darme ánimos, enviándome resúmenes, esquemas... Mi abuela, rezando por mí. Mi novia, dándome todo su apoyo, como siempre. Mis amigos, a los que debo tantas cosas, deseandome suerte y confiando plenamente en mí.

Y yo aquí tirado en la cama, pensando... ¿Tan egoísta soy, que voy a darles la espalda a todos ellos y a todo el apoyo que me han dado por dejarme llevar, por no asumir las responsabilidades, por no hacer esfuerzos? ¿De verdad soy tan vago? ¿De verdad tengo tan poca fuerza de voluntad?

Me siento fatal, y aun así no hago nada. Me he ido sintiendo peor conforme avanzaba la tarde. Pero no hacía nada para cambiarlo. En lugar de eso me ponía a hacer otras cosas "importantísimas", convenciéndome a mí mismo de que tenía que hacerlas ya mismo. Sólo para evitar el momento de ponerme a estudiar.

De pie, doy un paso y me acerco al borde del precipicio. Un oscuro abismo delante. Cierro los ojos, a punto de dejarme caer. Pero entonces recuerdo una frase que leí hace unos meses... "Pienso mil veces al día que mi vida externa e interna se basa en el trabajo de otros hombres, vivos o muertos. Siento que debo esforzarme por dar en la misma medida en que he recibido y sigo recibiendo."

Esa frase, la dijo uno de los hombres a los que más admiro, Albert Einstein. Con su trabajo, ha logrado dar en la misma medida en la que recibió, como él mismo dijo. Yo he recibido mucho, de él y de otros tantos a los que también admiro muchísimo (e incluso envidio): Fermat, Mozart, Gauss, Euler, Bach, Tchaikovsky, Newton, Platón, Tesla...

Recibo tanto de todos ellos, a los que ni conozco... y no estoy dispuesto ni a dar una noche de esfuerzo por gente a la que conozco y aprecio.

No sé si me servirá para aprobar o no, pero eso ahora mismo me da igual. La cuesión es que no quiero dejar de intentarlo, como pensaba hacer. Por lo menos quiero tener la sensación de haberme esforzado, de haber hecho el intento. Es lo mínimo que puedo hacer.

Abro los ojos y retrocedo un paso, alejándome del precipicio. Me habría gustado tirarme, pero la frase de Einstein me lo ha impedido, ya no puedo tirarme. Corro, alejándome del precipicio. No sé a dónde llegaré, pero sé que esta vez no me voy a tirar.