Sentado en un banco, miro el parque. Es temprano por la mañana, y los columpios están cubiertos de gotas de rocío. Va a hacer un día soleado.
Dos niños llegan corriendo y se ponen a columpiarse; no parece importarles el agua. Se divierten, riendo y compitiendo por ver quién llega más alto.
Una niña llega con su madre, y su hermano, que va en un carrito, durmiendo. La niña se pone a jugar con la arena, haciendo dibujos en ella. Uno de los niños del columpio se baja y se une a ella. Los dos sonríen y se divierten.
El otro niño parece celoso, y se baja del columpio con cara de enfado. Coge un puñado de arena y se lo tira a la niña. La niña sale corriendo con su madre, llorando. El otro niño le pregunta "¿Por qué has hecho eso?". Se enfadan entre ellos, y el que tiró el puñado de arena se sienta lejos, con los brazos cruzados y cara de incomprendido.
No puedo evitar sonreír. Qué bonita es la infancia. El niño, aún sin corromper por los absurdos valores de la sociedad en la que crecerá, vive la vida sin pensar las cosas demasiado.
Mientras pensaba en ello, la niebla apareció. Ya no veo los columpios, ni oigo a la niña llorar. Ahora todo está en calma.
Sigo sentado en mi banco, y al cabo de un rato la niebla se disipa. El día se ha estropeado: aunque ya no haya niebla, las nubes grises cubren el cielo. Los columpios están vacíos y oxidados. Se mecen con el viento y chirrían. Los árboles del parque han perdido todo el follaje. Ya no hay niños, ni madres.
Me pongo de pie y me acerco a donde antes estaba la niña. Los dibujos siguen en el suelo, pero están tan borrosos que a penas se distinguen. Me dirijo ahora a el lugar en el que se sentó antes el niño de brazos cruzados. Me siento como se sentó él, mirando hacia el banco. Al mirar mi banco me asusto. Hay un viejo sentado en él. El día sigue nublado y sopla un viento frío. ¿Cuándo se ha sentado ahí el viejo? Yo estaba sólo en el banco y no le vi venir. Qué raro. Se lo preguntaría, pero está lejos.
El viejo me mira fijamente y sonríe. Su cara me suena de algo, como de un viejo conocido.
Empieza a llover y me vuelvo a poner de pie, dispuesto a marcharme. Antes voy a preguntarle al viejo si nos conocemos, me suena muchísimo. Camino hacia él, despacio.
Me sigue mirando fijamente, sin dejar de sonreír. Parece que cada vez sonríe más, como si estuviera deseando que me acercara a preguntarle si me conoce.
Al estar a unos metros de él me paro. No puedo andar más, algo me lo impide. Miedo, creo. Me quedo ahí de pie, bajo la lluvia, mojándome. No le pregunto nada, porque sé que él me va a hablar a mí.
Por fin, el viejo empieza a hablar. No deja de sonreír, parece disfrutar de la situación.
Me explica de qué nos conocemos. Sus palabras no son muchas, pero sí son muy pesadas. Me golpean. Es demasiado, no puede ser. Retrocedo asustado. Le doy la espalda y corro bajo la lluvia, lejos de él. Antes de perderle de vista giro la cabeza para mirarle por última vez: aún me mira sonriente.
Sus palabras retumban en mi cabeza: "Hace muchos años vi cómo arrojabas un puñado de arena a una niña en este mismo parque, y vi cómo te alejabas de tu amigo, enfadado, y te sentabas en el mismo lugar en el que estabas sentado hace unos momentos."
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