No sé dónde estoy, pero tiene que estar muy lejos de casa. Tengo frío y me siento perdido. No reconozco nada de lo que veo. Tampoco oigo nada familiar, porque no oigo nada. El silencio es absoluto.
Empiezo a caminar por un sendero. A los lados, un oscuro bosque. Me da bastante miedo, no puedo evitar mirar a los lados de reojo. Sólo se ven los primeros árboles, el resto se los traga la oscuridad. El sendero en cambio está algo iluminado por la luna, que me sonríe allí arriba. Siempre me ha gustado su compañía, y ahora más que nunca, porque me siento solo. Pero no quiero mirarla directamente.
Sigo caminando sin saber a dónde me llevará el camino. ¿Me llevará a casa?
Vuelvo a mirar furtivamente al bosque a ambos lados del camino. Me sobresalto. Los árboles de dentro del bosque siguen sin verse, pero esta vez no es por la oscuridad. En las profundidades del bosque, una densa niebla se arremolina. El espectáculo es hasta fantasmagórico, me pone los pelos de punta. Además, la niebla parece acercarse al camino, muy despacio, pero sin parar.
Sigo caminando y al cabo de un rato la niebla ya está tras la primera hilera de árboles, a cada lado. Algunos de sus brazos salen entre los árboles y acarician el camino. Al hacerlo, la luna los ilumina con una luz azulada. Me pongo muy nervioso. El miedo es cada vez mayor.
Ya no veo ni la primera fila de árboles de ninguno de los dos lados. La niebla bordea el camino y se extiende sobre él como un manto blanco en el que sumerjo mis pies al caminar. Al pisar, se forman remolinos. La verdad es que es muy bello, pero el miedo no me deja disfrutarlo.
Miro hacia atrás y no veo nada. Detrás de mí sólo hay niebla. Ya no es que sea un manto sobre el camino, es que no parece que haya habido camino alguno. Ahora no podría volver por donde he venido. Entonces, empiezo a correr hacia adelante. Aún se intuye por donde va el camino, y es mi única oportunidad para salir de ahí. Corro con todas mis fuerzas, y el ruido que hago al correr me asusta aún más.
Corro más rápido, el manto de niebla me cubre ya hasta la cintura. Me va a tragar. El cielo, en cambio, está despejado. Miro a la luna de reojo. Me está sonriendo. Pero no es una sonrisa siniestra, como todo a mi alrededor. Es una sonrisa franca, sincera. Hasta cierto punto me tranquili...
He tropezado con algo y me he caído al suelo. Ahora estoy sumergido en la niebla. Ya soy suyo. Miro hacia arriba, con la esperanza de ver a la luna. Pero solo intuyo su presencia por la luz azulada y tenebrosa de la niebla. Me rindo, ya soy suyo. Cierro los ojos, tratando de pensar en la luna...
Me despierto en una cama, cerca de una chinenea encendida. La luz del fuego ilumina la habitación, sencilla y acogedora. Hay una puerta y una ventana.
No reconozco la habitación, diría que nunca he estado aquí. Pero a pesar de ello, la sensación que tengo es la de estar en casa. Ese es mi hogar. Simplemente lo sé. Por fin me siento en casa. Tranquilo, olvido lo de la niebla. A penas lo recuerdo ya, lo he debido de soñar. Cierro los ojos y dejo que el calor del fuego me arrope. Duermo plácidamente.
Me despierto unas horas después, descansado. Me ha sentado bien dormir un poco. Las brasas acaban de consumirse en la chimenea, humeantes. Ahora la única luz llega de la ventana. Una luz azulada. ¡La luna! Me apresuro a levantarme de la cama, emocionado. Me acerco a la ventana corriendo con una sonrisa en la cara. Miro al cielo estrellado, y en seguida noto su resplandor. Ahí está, la luna, como siempre sonriente. Sigo mirando a las estrellas, para que no me vea mirarla fijamente. Pero en secreto la miro. Es nuestro secreto. Ella sabe que la miro, yo sé que la miro. Pero los dos fingimos. No acabo de entenderlo.
Sea como fuere, allí está ella, sonriente, brillando en el cielo estrellado. Y aquí estoy yo, contemplándola en secreto.
Después de unos minutos mirando al cielo, me siento mucho mejor. Se ha ido cualquier rastro de temor o malestar.
Bajo la mirada, ya nos hemos visto bastante por hoy. Voy a apartarme de la ventana, pero en ese momento, otro espectáculo capta mi atención y me impide apartar la mirada. Se trata de un enorme mar de árobles que se extiende hasta donde llega la vista. La luz azulada de la luna los ilumina. Un camino llega hasta la casa desde el bosque, también iluminado por la luna. Pero los bordes del bosque no están iluminados. Las sombras de los árboles crean una oscuridad intrigante. Es bonito, el paisaje. El caso es, que ese camino... esos árboles... Me suenan. Pero no sé de qué. No le doy importancia, es un camino al fin y al cabo, puede recordarme a cualquier otro camino.
Me voy a volver a la cama. Pero me quedo clavado en el sitio. En el último momento antes de apartar la mirada de la ventana, veo algo que me petrifica. Mi expresión es de espanto. Instintivamente, retrocedo un paso, sin darme cuenta del todo de lo que hago.
De las profundidades del bosque ha empezado a salir una densa niebla que la luna ilumina tenebrosamente con su luz azulada.
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