martes, 26 de marzo de 2013

Caras.

Hace un día de puta madre y me bajo a dar un paseo. La soleada mañana de domingo me saluda cuando salgo del portal. La saludo yo a ella y me pongo a andar.

En un banco hay una pareja de ancianos. Él se oculta tras un periódico y ella agacha la cabeza, buscando algo en el bolso, de forma que no consigo verle la cara. "Buenos días", saludo. El anciano responde con un breve gruñido tras su periódico. Supongo que está leyendo malas noticias, ¿qué si no? La anciana ni si quiera me responde. Estará demasiado concentrada buscando lo que sea que esté buscando. Sigo con mi paseo, con el ánimo aún bastante bueno.

Unos metros más alante, una pareja algo más joven que la anterior discute acaloradamente en un portal. Veo al hombre de espaldas, gesticulando mucho, y a la mujer detrás, tapada por él. Parecen tener un buen cabreo encima. Según me acerco, parecen reconciliarse de pronto y se dan un beso. Contento por ellos, me dispongo a saludar. Pero justo antes de hacerlo, el hombre abre el portal y entran ambos. No pude verles la cara. Sigo con mi paseo, pero con el ánimo algo más tocado.

Avanzo un poco más y paso por delante de un escaparate. Es una tienda de ropa, y los maniquíes me observan con sus cabezas sin rostro. No tienen cara. "Buenos días", saludo bromeando. Sigo con mi paseo, suspirando, algo resignado.

Cruzo una calle. Un coche se detiene mientras cruzo. Miro al conductor, pero justo en ese momento se da la vuelta para decirle algo a un niño que va detrás. No veo al niño, pero veo la sillita. Me detengo un segundo en el paso de cebra. Igual así consigo que el conductor se mosquee y por lo menos me mire. Pero ahora parece estar poniendo el cinturón de la silla del niño, o algo parecido. Quizá poniéndole un abrigo al niño. Había empezado a hacer frío. Me doy cuenta, ahí parado en mitad del paso de cebra, de lo absurdo de mi comportamiento. Sigo mi camino, algo fastidiado.

Ando por la calle y llego a un parque. En un banco sentado hay un abuelo, de espaldas a mí. Dos niños se columpian, también dándome la espalda. Al principio del paseo me habría molestado en saludar, pero creo que ya paso.

Sigo hasta el final de la calle. Empieza un camino de tierra por el campo. En el fondo me alegro de que así sea, no me apetece cruzarme con nadie más.

Después de media hora de andar por el camino, llego a un lago. El tiempo ha empeorado bastante, el sol se oculta tras un cielo nublado, pero aun así creo que este último tramo ha merecido la pena. La naturaleza me tranquiliza y me reconforta.

Me acerco a la orilla. Las nubes parecen acercarse al suelo. El cielo se ha vuelto totalmente gris, y ya no se ve la otra orilla por la niebla. Cojo una piedra y la lanzo al lago. Oigo la piedra caer, pero no consigo verla. La niebla se hace más y más densa.

Me acerco al borde del agua. El lago esta plano y la calma es absoluta. Me inclino sobre la superficie del lago y miro mi reflejo.

¡No es posible! ¡Mi cara! En donde debería estar mi cara no hay nada. Es como una sombra negra, como si hubiera un abismo bajo el agua y yo mirase el fondo de este. Muevo la cabeza hacia los lados, pero el abismo se mueve conmigo. ¡No es posible!

Salgo corriendo. La niebla se ha cerrado tanto que no veo a dos metros de mis narices. Ni si quiera me veo los pies.

Corro a toda velocidad, y de pronto algo me hace tropezar. Mi pie derecho se engancha con una raíz de árbol o algo parecido. Me quedo tendido en el suelo, agotado.

La niebla se ha hecho aun más densa, parece que puedo acariciarla. No puedo moverme. Cierro los ojos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario